Off Course Blog La espera: diseño estratégico y antifrágil

La espera. Aprender a interrumpir.

¿Sabes lo que tienen en común los creativos, los viajeros y los peces más avezados?

Pues que interrumpen la normalidad. O lo que es lo mismo, entienden el potencial y el sentido de cada situación.

Las claves de esta actitud ofrecen una perspectiva imprescindible en el paréntesis que actualmente vivimos.

Son días de espera.

Sí, teletrabajamos, pero para un mundo que todavía no ha llegado.

Como en el poema de Kavafis estamos todos sentados en la playa, esperando a que lleguen los bárbaros. Para que, después de todo, sean una solución.

Lo único que nos diferencia de ellos es que nuestra playa es un muro. Pero como ellos, tenemos todas nuestras estructuras y sistemas atentos y paralizados, estamos expectantes ante las próximas instrucciones.

No es un lugar nuevo para la creatividad y el diseño.

En mi día a día como directora creativa en un estudio de diseño, no he tenido otra que aprender a trabajar con el vacío y la improductividad.

En otras palabras, la inspiración.

No hay más vías para ser creativos. Es decir, de abrir nuevas vías y de encontrar nuevas formas. Si en algo somos expertos los creativos y los diseñadores, es en cuestionar continuamente lo que entre todos hemos aceptado como “normal”.  Somos grandes interrumpidores de la normalidad.

Esta actitud es la que nos permite ver y entender por qué las cosas pueden ser de una manera y no de otra, y a convertir los problemas en nuestra arcilla en vez de simplemente hacer que desaparezcan.

Estos días este lugar se ha convertido en un lugar común para todos.

Porque aunque algunos hayamos llegado más habituados que otros, en resumidas cuentas, todos hemos tenido que aceptar que lo conocido ya no nos sirve.

Por eso estamos predispuestos a que llegue lo siguiente. Y cuanto antes mejor. Dependemos de ello. Por eso exigimos su entrega inmediata. Y si no, como mínimo, acelerada. Pero lo nuevo no va a llegar. Al menos así, de golpe, empaquetado y formulado. Tampoco esta situación va a tener un final concreto y programado. Y aunque existiera una posibilidad de que eso pasara, sería tan remota como poco probable.

Nos toca pensar desde la espera.

Lo único que podemos hacer es aceptar este no-lugar. Todo lo demás, lo que nos funcionaba hasta ahora, ha perdido el sentido. Y no es nuestro lugar habitual, ni el de nuestro trabajo, ni el de nuestras costumbres, ni (lo más importante) el lugar desde el que sabemos pensar. Nuestra lógica se ha desgarrado, de arriba abajo, como una sábana. Y en esta situación solo podemos preguntarnos una cosa: ¿cómo se piensa y se proyecta un futuro desde esta incertidumbre?

Lo importante es ir lento para poner atención.

Pico Iyer, cronista de viajes, ha explicado muchas veces que el verdadero viaje es el que nos permite el descanso para que nuestros sentidos perciban y el tiempo para encontrar el sentido de lo que nos rodea.

Y lo resume en una frase que estos días se convierte en un mantra: “Nada es tan urgente como estar inmóvil”. Esta espera, esta quietud, tiene también algo de situación privilegiada, es un lugar base desde el que empezar a descubrir. No es el hábitat de muchos. Está claro. El pensamiento racional y la productividad extrema no nos han preparado para un cambio tan drástico.

¿Pero hasta dónde seremos capaces de ver?

David Foster Wallace explicó la historia de dos peces jóvenes que se encontraron con un pez mayor nadando en dirección contraria a ellos. El pez mayor los saludó y les preguntó: “¿Cómo está el agua, chicos?”. Los tres siguieron su camino. Finalmente, uno de los peces jóvenes miró al otro y le preguntó: “¿Qué carajos es el agua?”

Como a los peces, sabemos que este momento está ocurriendo ahora, en el lugar en el que nos encontramos y que sin duda es lo más importante que nos está sucediendo. Pero concretarlo, abordarlo y resolverlo no es en absoluto ni tan obvio ni tan fácil.

Por eso en este momento nos toca indagar, desvelar lo impreciso. Más que nunca necesitamos desvelar dónde estamos. La productividad, la funcionalidad, la eficacia, … De repente no nos sirven. Quizás porque las habíamos enfocado para que nos convirtieran en personas pasivas. Casi reactivas. Para no perder ni una milésima de tiempo en nada inútil.

Y, excluyendo por supuesto las víctimas que nos deja cada día esta situación en todo el mundo, quizás no es algo dramático. Ni injusto. Solo es la oportunidad que nos brinda el momento.

Seamos realistas.

Este momento es una interrupción a algo que no estaba funcionando.

Tampoco habíamos creado algo realmente sostenible, inclusivo, ni justo… Al contrario, la cosa se nos estaba yendo y bastante de las manos. Por eso tenemos que aprovechar la oportunidad para abordar esta espera como la antesala del cambio. Y empezar a aprender a manejar la imprecisa información que tenemos si queremos lograrlo.

Solo así podremos empezar a detectar oportunidades y respuestas en este contexto ambiguo, cambiante, interrumpido e incluso bloqueado.

No tenemos otra opción. Y siendo realistas, ¿alguna vez la hemos tenido?

Algunas claves importantes que nos da el diseño.

El diseño se basa en procesos de pensamiento y trabajo que nos permiten a los creativos dejar de pensar racionalmente.

Así es como podemos deshacernos de la lógica y, sobre todo, cuestionar constantemente sus conclusiones y normas. No buscamos respuestas, buscamos problemas.

Esto nos permite diferenciar los problemas de los prejuicios y encontrar oportunidades de mejora e innovación donde otros no los estaban viendo.

“A veces lo útil puede ser un peso muy inútil”.

Lo dice Nuncio Ordine y tiene toda la razón.

Los prejuicios lógicos son un lastre. Pero también son actitudes automáticas. Casi incontrolables.

Por eso esta espera nos viene al pelo para reprogramar nuestra idea de productividad y de eficiencia. Para entender hacia dónde debemos mirar y cómo. Y para comprender las claves esenciales a las que no estamos atendiendo.